lunes, 21 de marzo de 2011

Invasión


Cansado, a pesar de que era todavía de mañana y que se acababa de despertar agarro su saco, aunque hacía calor, y salió.
En el ascensor se miró en el espejo. Le costó asimilar el hecho de que esa era su nueva cara y esa era su nueva vida y ese era su nuevo departamento y ese su nuevo ascensor. Tarareando bajito algo que no se acordaba que era salio a la vereda, donde se encontró con un montón de cuerpos iguales al suyo que se movían de forma igual al suyo y que caminaban todos grises y iguales hacia algún lugar. Ahora si hacía frío, era todavía temprano y el sol que iluminaba esos cuerpos todavía no había tenido tiempo de calentar al planeta. Y sin embargos todos esos cuerpos ya se movían nerviosos, neurasténicos de lo despiertos que estaban.
Caminó hasta la avenida y ahí entre el mar de gente la plaza semicurcular, atravesó la avenida y la plaza semicircular. Seguía a su cuerpo, dejando que su cabeza aprendiera con la experiencia. Caminó aun más, hasta la parada, la cual no sabía que era ni para que servía y sin embargo dejó que su cuerpo llegara, esperara, se tomara el colectivo cuando este llegó, rebalsando de otros cuerpos iguales al suyo, todos iguales.
Anotaba furiosamente los detalles en su cabeza, tan enajenado que no se dió cuenta que estaba caminando por calles más tranquilas y verdosas hasta que lo estuvo haciendo, y sus pasos se tropezaron y atolondraron cuando su cabeza trato de fundirse con lo que su cuerpo hacía. No se cayó, pero tuvo que frenar y volver a empezar a caminar, y el esfuerzo enorme que le costo recomenzar fue más culpa de la resistencia que el cuerpo ofrecía a la asimilación con su mente, que a una falla en su habilidad para invadir correctamente.
El proceso era lento al principio, por eso se hacía de noche, cuando dormían. Involucraba varios rituales personales y secretos, diseñados tan por instinto que conscientemente debían evitar pensar en ellos para no mecanizarlos y arruinarlos. Cualquier error en los procesos o las intensidades dejaría al invadido inutilizado, o aún peor, simplemente vaciado, atrapando al agente que intentara ingresar en el. Una buena invasión se fundaba en un ajustado borramiento previo, que eliminara cualquier vestigio de independencía o personalidad, dejando inalterado todo rasgo fisiológico o motríz. Vaciar un cuerpo significaba tener que reemplazar todo aquello que ya no estaba, dejando en manos del agente todo lo que correspondía al manejo de los organos vitales, de los procesos asimilativos y desechativos, y todas esas cuestiones que al no existir en ellos, nunca podrían transmitir al cuerpo. El proceso era mucho más refinado. Consistía en destruir la conciencia lentamente, ir infiltrandose, contaminando, aprendiendo tanto sobre el invadido como se le enseñaba. Así el proceso sería indetectable, la asimilación simil perfecta, la trampa inescapable.
El tiempo que estuvo duro en la vereda lo desperdició gritándole a sus piernas que se movieran. Y no fue hasta que una particular mujer, hacia la cual sintió que estaba proyectando una fuerza inmensa que no entendía, pasó caminando. A través de sus anteojos los ojos de ella despacio se fueron clavando en los suyos y en una parte de su cuerpo que no conocía, un calor extraño se le encendió ahí, parecía ser el pecho, pero no lo había notado desde afuera, ni ya adentro, cuando se miraba al espejo. Ella no sonrió pero mantuvo los ojos fijos en él todo el tiempo que se estuvo acercando. Sintió la boca que se le humedecía y separaba lentamente, poco. Su cabeza se acaloró mientras sus pensamientos se inflaban y sentía que por los ojos largaba más y más energía y fuerza y que se la estaba cojiendo, y que a ella le encantaba. Cuando finalmente lo pasó, se asustó porque pensó que el cuerpo se desvanecía, pero no, la cabeza bajó y giró y se quedó mirandole el culo perfecto, manzanesco redondito y ajustado en la pollera gris corta, se le bamboleaba de arriba a abajo, un cachete gordito y destrozable a la vez. Se confundió cuando su idioma se llenó de palabras que no conocía e imágenes insaciables de la morocha esa tirada en una cama, aplastada por todo su peso mientras se la cojía fuerte y ella gritaba y el le cacheteaba la boca abierta. Cuando el culo se alejó apenas un poco, sus ojos subieron y se encontraron de nuevo con los de la morocha, que lo miraba por sobre su hombro y sonreía engreida. Se volteó y siguió caminando.
De vuelta su conciencia saltó y estalló y se dió cuenta que estaba corriendo, después de vuelta nada y se encontró caminando, respirando, digiriendo, todo parecía estar en orden, los armónicos acoplaban perfectamente, Quiso levantar la mano y se sintió más fácil e instantaneo que todo lo que había sentido en su vida, y miró hacía arriba y reconoció las calles y el olor de la panadería que debía estar a tres cuadras de allí, y el ruido suave, tapado de la avenida que llegaba de no tan lejos. Se irguió un poco, se pasó una mano por la cara y después por el pelo, giró la cabeza y vió en el reflejo de una vidriera a la morocha apenas unos metros adelante, que caminaba mirando hacia adelante y todavía sonreía, se vió a él mismo también en el reflejo celestoso pálido y se dió cuenta que no se había bañado y de que aunque había salido algo desarreglado, no era tan terrible, su saco le quedaba bien, y se vió sonreír y le gustó y aceleró el paso y preparó la primera mentira.
Ella se rió, aunque al principio trato de no hacerlo. Minutos después, tomando un cafe en un bar de por ahí, cuando ella levantó la cara de su cartera, en la que estaba buscando un paquete de unos cilindros de papel llenos de la hoja de una planta llamada tabaco para fumar, la besó sorpresivamente, fuerte y húmedo. La arrastró al baño donde, mientras ella se apoyaba de frente a la pared y arqueaba su espalda proyectando redondo hacia afuera ese hermoso culo, le levantó la pollera y le bajó la bombacha y se la cojió. Empezó muy fuerte y ella gritó. Le tapó la boca con la mano, se tiró sobre la espalda de ella. La siguió cojiendo fuerte, ella gritaba, acabó una dos tres veces, y todo el tiempo gritaba. Cuando el acabó se asustó y recordó que era un agente en un cuerpo invadido, y que ese cuerpo ahora se le llenaba de placer, se separó de ella y le sacó la pija de la concha cuando aún estaba acabando, manchandole algo de la pollera y las medias, además de los cachetes del precioso culo ese. Ella se deshizo al piso, sus piernas flácidas, jadeando mientras se tocaba el pelo y el pecho, estaba achicada, temblando y tensandose muy poquito cada tanto. No supo si él se acercó o ella lo atrajo, pero así, teniendo un orgasmo como estaba le chupó la pija y el volvió a acabar, esta vez adentro de su boca. Sin sacarse la pija de la boca ella tragó y sonrió. Buscó su brazo, lo sostuvo, acarició la tela del abrigo.
En su trabajo contempló la pantalla inmovil, como esperando que reaccionara, intentó activarla con su voz, tocandola. Prefirió tomarse un cafe, y aprenderse el orden del escritorío, se descubrió metódico y ordenado, notando patrones que lo encariñaron consigo mismo.
Esa noche, con la rubia manchada y dormida en su cama, acariciandole el pelo contactó con la basé central. Protocolos y reportes, ordenes. Los dedos de su cuerpo levantaron temperatura, acostumbrandose a esto que nunca había hecho, mientras comenzaba las primeras etapas del borramiento. La invasión continuaba, imparable como siempre lo había sido.

2 comentarios:

  1. la morocha se hizo rubia cuando entró a la sala verde del apartamento. Así, apoyándose en la cama sintió la invasión de microorganismos que cada noche reparaban el cuerpo invadido y lo alejaban un paso más de la inevitable putrefacción. Y le gustó.

    ResponderEliminar